Un reciente análisis publicado en la revista The BMJ destaca la creciente preocupación sobre cómo los conflictos armados afectan los sistemas de agua, considerándolos esenciales para la salud pública. Los investigadores, liderados por Rohit Ramchandani del Instituto de Agua, Medio Ambiente y Salud de la Universidad de las Naciones Unidas, argumentan que los ataques a estas infraestructuras no solo comprometen el acceso al agua, sino que también representan un ataque directo a la salud de las comunidades afectadas.
La relación entre agua y conflictos
Según el estudio, aunque la escasez de agua rara vez inicia guerras, los conflictos pueden deteriorar gravemente los sistemas hídricos, creando un ciclo de fragilidad y violencia. Por ejemplo, la sequía en Siria entre 2007 y 2009 es frecuentemente citada como un factor que contribuyó a la revuelta de 2011; sin embargo, los datos muestran que la agricultura se recuperó en 2010 y que la migración previa a la guerra fue mayormente interna y temporal.
Asimismo, el caso del Lago Chad, que ha visto una reducción de hasta el 90% de su volumen entre las décadas de 1960 y 2000, ilustra cómo la violencia puede intensificarse incluso cuando los niveles de agua comienzan a estabilizarse. Los autores del estudio subrayan que el verdadero peligro radica en cómo se distribuyen los costos de la escasez de agua, lo que agrava las tensiones sociales, especialmente entre las poblaciones más vulnerables.
Aumento de la violencia relacionada con el agua
En 2024, el Pacific Institute registró 420 eventos violentos relacionados con el agua, un aumento del 78% en comparación con 2022, de los cuales el 61% implicaron ataques directos a la infraestructura hídrica. En el contexto de la guerra en Ucrania, millones de personas enfrentaron dificultades para acceder al agua potable poco después de la invasión a gran escala por parte de Rusia.
Recientemente, en la región del Golfo Pérsico, se reportaron incidentes significativos, incluyendo un ataque estadounidense a una planta de desalinización iraní que afectó el suministro de agua a 30 aldeas, y ataques de drones que dañaron plantas en Bahréin. Estos ataques a la infraestructura hídrica a menudo conducen a crisis de salud pública, como se evidenció en Sudán, donde daños a una planta de energía interrumpieron el suministro de electricidad a las estaciones de tratamiento de agua, resultando en casi 500 casos de cólera en un solo día.
Prioridades para la salud pública
Los autores del estudio proponen varias recomendaciones para los líderes en salud pública. Entre ellas, se sugiere reconocer los sistemas de agua como infraestructura crítica para la salud, monitorear la calidad del agua y la resistencia a los antimicrobianos, y preparar los sistemas de salud para la pérdida de agua mediante inversiones en sistemas de saneamiento resilientes y suministros de respaldo.
"La quiebra del agua no hace que los conflictos sean inevitables, pero evitarla requiere una contabilidad honesta, una renegociación justa de las reclamaciones y una inversión sostenida en la paz y la gobernanza cooperativa transfronteriza", afirman los investigadores. Concluyen que, aunque el agua no es la única causa de la guerra, su uso como objetivo en los conflictos muestra un patrón claro: atacar el agua es un ataque a la salud, y atacar la salud socava la paz.
Fuente: Información elaborada a partir de la publicación original.